Un sábado cualquiera, una familia fue al refugio “solo a mirar”. Los niños corrieron hacia Luna y ella, como si supiera que era su momento, se les tiró encima de felicidad. No hizo falta decir más: ese mismo día se fueron todos juntos a casa. Hoy Luna duerme en el sillón, viaja en auto cada fin de semana y tiene una cama con su nombre bordado. Su alegría contagia a todos los que la conocen.