Cuando los pequeños encontraron familia, Mora quedó sola y parecía extrañarlos. Sin embargo, algo cambió cuando una pareja de jubilados comenzó a visitarla cada fin de semana. Le llevaban galletitas y se sentaban junto a ella a hablarle con ternura. Un día, decidieron llevarla a su casa “solo para probar”. Desde entonces, Mora duerme a los pies de su cama y disfruta de largos paseos por la plaza del barrio.